sábado, 14 de febrero de 2026

Las últimas lecturas - María Garay



Esta mañana, como de costumbre, camina junto a su perro en el parque. Aunque había suspendido esos paseos por algunas semanas debido a la pandemia, está feliz de poder hacerlo nuevamente. Sentir el calor del sol en el rostro y oler los árboles recién regados, le produce una sensación de paz en medio del caos de la vida cotidiana de la ciudad y del mundo entero.

El bienestar que la invade no impide que su mente comience con ese reciclaje de pensamientos que le provocan un estado emocional agridulce. Cavila sobre la magnitud de lo que la humanidad está presenciando y padeciendo: tradicionales ritos, pautas y costumbres sociales rotos para siempre; historias cotidianas de tremendos conflictos; entrañables reencuentros familiares —en esa rara soledad acompañada dentro de casa, que valdría la pena documentar mejor como parte de la experiencia de crisis colectiva; enormes problemas económicos que agravan el estado de pobreza de infinidad de comunidades, especialmente suburbanas, rurales e indígenas. ¿Habrá explicación posible para comprender cómo llegamos a dónde estamos? ¿Valdrá la pena plantear un porqué, o un paraqué de lo que ocurre?

Con sorpresa y turbación, cae en la cuenta de que hacer recuento de este estado de cosas ya es incurrir en el lugar común. Después de siete u ocho meses de soportar la presión del encierro domiciliario, el constante miedo al contagio, así como la diaria exposición de noticias al respecto —repetidas hasta la exasperación—, muchos han dejado el asombro de lado. El dolor del golpe inicial ha cedido su lugar a la actual —¿aparente?— insensibilidad, más por tedio que por resignación.

Mira al frente y a lo lejos divisa a un joven, en ropa deportiva, que se acerca a ella. Corre en sentido contrario, por la misma senda. Con una respiración profunda, decide que el desánimo —que ha mantenido a raya hasta ahora— no se apoderará de ella. Mientras exista la posibilidad de amar, sentir y pensar el amor como un tipo de acompañamiento desde una visión de unidad, su vida tiene sentido.

El encuentro con este tipo de amor —el amor como ella lo entiende y vive—, llegó hace unos pocos años, pero lo revive cada día. Ahora mismo lo tiene enfrente, encarnado en la persona del joven corredor que, sudado y jadeando por el esfuerzo, se ha detenido junto a ella.




Seguro tiempos mejores están por venir.

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